“Tranquila, que tú sabes” – Mi experiencia con la lactancia

“Tranquila, que tú sabes” – Mi experiencia con la lactancia

Soy enfermera. Aunque lo decidí cómo quién elige la camiseta que llevará hoy, ¡no me arrepiento en absoluto! Esta bonita profesión me ha hecho estar en el mundo de la maternidad, primero en la UCIN (Unidad de Curas Intensivas Neonatales) y, desde hace pocos años, como comadrona. Después de este minirodaje, me convertí en madre por primera vez hace tres años y medio.

Me interesé por la lactancia materna gracias a una compañera de profesión. Empecé a leer, a intentar que las madres tuvieran una buena experiencia con la lactancia y a darle la importancia que merecía en cada familia. Más tarde, durante mi residencia como comadrona, profundicé un poco  más en el tema con los grupos de soporte a la lactancia de los CAP o en las clases de preparación al parto. Pero mi “especialización” llegó con mi primer hijo.

Tranquila, que tú sabes”. Esta frase me la repitieron casi a diario. Sí, yo sé… sé un poco de teoría y puedo ofrecerte alguna recomendación, pero ahora soy madre y me falta la práctica.

Aunque nunca tuvimos problemas con el peso, el inicio no fue fácil. El dolor apareció rápidamente estando aún en el hospital. No eran grietas, sabía que mi hijo se cogía mal, que debía abrir más la boca y que tenía que probar posiciones más bien ventrales. Todo esto lo sabía, pero ¿qué más podía hacer para mejorar el dolor?

Después de unos días en casa, vi claro que necesitaba ayuda, así que me puse en contacto con una asesora de lactancia. Me ayudó con las distintas posiciones, me dio algún consejo más y observó una toma. Efectivamente, el pequeño no se cogía bien al pecho y el tipo de dolor y la coloración del pezón hacía sospechar de un posible Síndrome de Raynaud debido a un mal agarre. ¡No me lo podía creer! ¿Yo, un Raynaud? No desconfié de ella, pero necesitaba una segunda opinión, así que asistí a uno de los encuentros de Alba Lactancia dónde me asesoraron de igual manera: mal agarre, posible Síndrome Raynaud y posible frenillo corto. Por supuesto, no era ningún diagnóstico, así que cuando lo comenté con mi pediatra, nos derivó al cirujano que nos confirmó una anquiloglosia grado III. Nos costó muchísimo tomar la decisión, pero viendo que no mejoraba el dolor, decidimos cortarle el frenillo. En realidad no fue la panacea… Yo me sentía fatal por haberle hecho pasar este mal rato, por molestarlo con los masajes y todo para que el dolor siguiera aún allí, más ligero pero sin cesar. Mi pareja me animaba, así que la idea de “introducir el biberón”, que ya rondaba por mi cabeza, la aparqué para continuar apostando por nuestra lactancia y buscar más ayuda. Ésta vez, fui a un grupo de lactancia dirigido por una IBCLC y lo único que añadió fueron los probióticos.

El tiempo pasaba, el dolor iba a menos, hasta que un día, no sé muy bien cómo, me olvidé del dolor. ¿Encontramos una posición cómoda para los dos? ¿Mi hijo se había hecho mayor y también su boca? ¿Los probióticos me ayudaron? Son preguntas que aún hoy me las hago y aún no doy respuesta. El caso es que finalmente, la lactancia empezó a fluir sin dificultades, sin dolor, disfrutando de los momentos que compartíamos juntos. Y así estuvimos hasta los dos años, momento en que yo decidí destetar.

Hace diez meses tuvimos a nuestro segundo hijo. Con éste no he tenido ningún problema más allá de algún mordisco… y sí, también busqué ayuda, esta vez a través de la app LactApp.

Tranquila, tú sabes”. Sí, a lo mejor conocía de antemano el mundo de la maternidad y la lactancia, pero necesité la ayuda de otras madres y asesoras para disfrutar de nuestra lactancia.

Anónimo.

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